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Las labores agrícolas, sobre
todo
de cultivo cerealista, han sido la ocupación de gran parte de la
población de Boadilla del Camino durante siglos. La profunda transformación de los
métodos de laboreo en la agricultura ha cambiado considerablemente las formas de vida, de
trabajo y de ocio, de la población campesina de Boadilla.
He dividido la descripción de los trabajos agrícolas en tres apartados, correspondientes a las faenas más importantes del ciclo cerealista: barbechera, sementera y recolección, empezando por esta última, por se la de mayor importancia, variedad y vistosidad.
Preparativos y contratas
El verano agrícola, que venía a coincidir prácticamente con el verano meteorológico, constituía todo un cambio en la vida campesina. Ya en los últimos días de Junio se hacían los preparativos de la gran temporada de la recolección.
Se segaban a ras de suelo las eras, haciendo desaparecer las hierbas altas y cardos que habían crecido en primavera. Se repasaban y preparaban los apeos específicos de las faenas del verano, tanto los de era, como los del campo: trillos, horcas, garios, andamiajes del carro, tornaderas, aparvaderas, hoces y hocinos, bieldos, sacos, costales y cordeles, etc.
Y se ajustaba a los agosteros, los trabajadores eventuales de la recolección. Estos procedían del mismo pueblo o de otros pueblos vecinos. Eran generalmente de familias humildes, trabajadores que durante el resto del año se dedicaban a labores eventuales, agrícolas o artesanales, o a labrar huertos y viñedos propios. La contratación se hacía de diversas formas, las más corrientes fueron la de ofrecerse los mismos trabajadores a las casas necesitadas y la de presentarse cuadrillas de agosteros, algún día festivo, en la plaza del pueblo, donde se llevaba a cabo el trato y el ajuste.
Trabajos de las mujeres
También las mujeres
participaban en la gran prisa de faenar del verano. Uno de los trabajos más corrientes de
las mujeres en el verano era el arranque de las legumbres. Todas las casas labradoras
tenían sembradas algunas parcelas de lentejas, garbanzos, yeros, titos, muelas o
guisantes. Estas legumbres servían para el consumo familiar, para piensos del propio
ganado o para la venta.
La recolección de estas legumbres se hacía arrancando las matas con las manos. Luego, la trilla y la limpia, prácticamente como el cereal. Estas arrancadoras iniciaban su faena con las primeras luces del alba, apenas templado el estómago con un trozo de pan, y arqueadas sobre los surcos trabajaban duro ocho largas horas, con la interrupción de un repetido y no muy copioso almuerzo a media mañana. Solían vestir ropas largas, viejas y abundantes, con pañuelo a la cabeza, bien resguardadas del sol abrasador. Su jornada terminaba al mediodía.
Otra faena peculiar femenina era el espigueo. Espigueo que desde los tiempos bíblicos se reservó a las mujeres más humildes. Con un talego y unas tijeras atados a la cintura y un costal en la reserva, salían al campo al alba, en busca de los rastrojos ya acarreados, para coger, una a una, las espigas, que se iban alineando en sus manos. Hecha la manada, cortaban las pajas con sus tijeras y las cabezas granadas pasaban al talego. Las cabezas de espigas eran luego desgranadas y aventadas en el corral o en la calle. Y así las espigadoras conseguían su propia cosecha de grano: una carga, dos cargas...
La siega
Durante siglos, siempre fue lo
mismo, granadas y secas las espigas, los hombres del campo cogían sus hoces y, de surco
en surco, iban cortando los tallos y depositando sus manadas en pequeños montones
llamados gavillas. Después, alguien, otros agosteros o mujeres, venían detrás
recogiendo las gavillas y
amontonándolas en morenas. Comenzaba el segador su faena con las
primeras luces y lo dejaba al sol puesto.
La simple segadora que, primero sobre ruedas metálicas y después sobre ruedas de goma, eran arrastradas por animales, segaban, mediante una sierra de cuchillas móviles en vaivén, una serie de surcos o un espacio entre un metro y metro y medio.
La máquina segadora llevaba un brazo con un asiento, donde se colocaba el segador, que desde allí dirigía al ganado y manipulaba la palanca del gavillero, con ella se ahorraron muchos agosteros y las faenas de la recolección cobraron un ritmo nunca soñado. Dos hombre, uno con la máquina y otro recogiendo gavillas, dejaban en pocos días segada una cosecha mediana, una labor que habría ocupado a media docena de segadores y atropadores durante un mes.
El acarreo
Segada la cosecha, comenzaba el
acarreo de la mies, desde el rastrojo hasta la era. El acarreo se hacía
con los carros normales de labranza, a los que se añadía unos
complementos: sobre la caja, unos brazos de madera formando rectángulos, sobre los que se
colgaban unas redes de esparto, que constituían las teleras, bajo el piso del carro se
añadía un cajón. Con estos armazones, el carro multiplicaba su capacidad.
Lo más normal en esta fase del verano era que los agosteros acarreasen de madrugada la mies que debía trillarse durante el día. La regla era hacer dos viajes de acarreo, que correspondía a la trilla de un par de mulas. Se iniciaba el acarreo prácticamente a media noche, a las doce, a la una o a las dos, según la distancia de las tierras.
La trilla
La tarea de desgranar las espigas ha pasado por diversas fases técnicas muy rudimentarias, desde sacar los granos golpeando las cabezas con piedras o palos, hasta utilizar caballerías que con su repetido pisoteo hacían saltar las semillas y quebraban las pajas. Pero el gran invento, antes de la actual mecanización, fue el trillo clásico.
El trillo era un armazón de gruesos tablones unidos y con la parte delantera encorvada hacia arriba. En la cara inferior llevaba encajados pequeños trozos de pedernal, rodillos o cuchillas de acero, para separar el grano y cortar las cañas de las espigas.
En la antigua recolección, la
trilla, con el acarreo, ocupaba la parte central del verano, precisamente aprovechando los
días más calurosos, desde mediados de Julio hasta avanzado Agosto.
Ya las mieses en la era, se extendían minuciosamente en un amplio círculo, y así quedaban un largo rato. Los rayos del sol calentaban las espigas y la labor del trillo sería más efectiva. Tras el almuerzo, los agosteros uncían las mulas y empezaban el monótono circular sobre la mies. Cuando la mies quedaba calcada y las espigas de encima desgranadas, se daba la vuelta a la trilla, con horcas o con ganchos acoplados a los trillos.
El volver la trilla y recoger sus orillas, manteniendo el círculo, se repetía cuantas veces eran necesarias a lo largo del día, hasta que las pajas fuesen cortas y las espigas estuviesen totalmente desgranadas. Era entonces el momento de recoger lo trillado y añadirlo al montón alargado que se iba formando. Estos montones de paja y grano eran las parvas.
La bielda
La bielda, separación del grano de la paja en los montones de mies trillada, era la última de las faenas graduales de la recolección. Durante siglos, esta faena se hizo de la manera más artesanal y rudimentaria: venteando poco a poco las parvas, por medio de palas o bieldos.
Las primeras máquinas aventadoras, ya en nuestro siglo, vinieron a simplificar muy considerablemente la faena, además de hacerla más seguida y segura. Estas máquinas primitivas tenían una tramoya, donde se depositaba poco a poco la envuelta de paja y grano. De la tramoya caía sobre una criba metálica, que se movía en vaivén. Unas grandes aspas, también metálicas, que se movían en rodillo, por medio de un sistema de zanca, aventaban fuertemente la envuelta, despejando la paja por una bocana trasera de la máquina. El grano, colado por la criba, se deslizaba por una rampa de chapa al exterior.
Esta operación constituía una primera limpieza de la envuelta, llamada propiamente bielda. Como el grano todavía había salido con bastante paja, requería una nueva pasada por la máquina, esta vez provista ya de dos cribas más cerradas.
Almacenaje y Recuento
Terminada la bielda, podía
decirse que el verano
agrícola tradicional había concluido. Era el momento de hacer el recuento
de la recolección, cuantificada en cargas. Una carga, según el sistema de medidas más
usado, tenía ocho cuartos o cuatro fanegas. Como los costales se llenaban con cuatro
cuartos, cada dos costales valían una carga.
Con los carros cargados de sacos, se iba de la era a la casa, a la panera, almacén que en muchos casos era una pieza más de la vivienda labradora, generalmente en la planta alta.
Ultimas faenas del verano
Con la cosecha ya encerrada, todavía quedaban por la era múltiples faenas menores.
La más perentoria era el almacenaje de la paja. Sobre la caja del carro se ponían dos tableros longitudinales y una red adelante y otra detrás. Con un gario se cargaba de paja el habitáculo y se acarreaba a los pajares, que se iban llenando primero por la puerta y después por una bocana abierta a una altura próxima al tejado. La paja era un elemento imprescindible para comida y cama del ganado y para atender la lumbre de cocinas, trébedes, estufas y glorias.
En septiembre, se echaba, en las tierras a sembrar, los abonos orgánicos que cada casa de labranza había ido preparando a lo largo del año.
Preparación de las semillas
Antes de generalizarse la selección técnica, racional y mecánica de las semillas, éstas eran escogidas entre los mejores granos de la cosecha. Para ello, se elegía el producto de la parcela que había granado mejor y había tenido una producción más limpia, y se la rociaba con un disuelto de sulfato, que mataba los parásitos de los granos.
Algunos labradores, con tiempo y maña, dedicaban largas horas a cribar los granos a mano, con un arnero. Con esta labor, costosa y lenta, se lograba una selección y limpieza de la semilla.
La siembra
El período de sementera
empezaba avanzado octubre y duraba hasta fechas cercanas
a la Navidad. La jornada del labrador, durante la sementera, solía
ser para todo el día.
Esta faena de la siembra propiamente dicha requería, en verdad, una especialísima habilidad. Había que esparcir el grano andando, a un ritmo fijo, metiendo y sacando la mano del costalón, y lanzando los puñados de forma que la semilla cayese por todo el terreno, sin recargos ni carencias. Tras el esparcimiento, el sembrador tapaba, amelga a amelga, la semilla. Con las primeras máquinas sembradoras cambió un tanto el faenar de la sementera.
Arrastrar
Aunque no como una labor fija y obligada, en marzo y abril se solía arrastrar los sembrados, para romperles la costra superficial que habían formado los primeros soles y los resecos vientos de primavera. El cortezón, la aspereza del sembrado, ocasionaba una evaporación capilar, catastrófica para la planta, que poco a poco se iba quedando sin humedad ni recursos.
Esta operación de descortezamiento se hacía por medio de unos rastrillos muy simples, formados por tres o cuatro tablones gruesos, unidos longitudinalmente, en la cara baja de los tablones se habían incrustado unas gordas púas metálicas, que eran las que propiamente hacían la labor de rastrilleo, arañando la tierra y abriendo la costra.
Para hacer más efectiva esta labor, sobre el rastrillo se montaba el labrador, haciendo peso y dirigiendo la yunta con los ramales. E incluso a veces, se reforzaba el peso del rastro trillador cargándolo de piedras o sacos terreros.
La barbechera era la primera
gran labor del año astrológico y la faena intermedia entre
la siembra y
la recolección. Era una preparación de los barbechos, de las tierras que descansaban ese
año, para tenerlas listas en la próxima sementera.
Cuando la barbechera no se
había podido hacer bien, por haber arado en terreno demasiado duro o excesivamente
blando, quedaban las superficies de las parcelas erizadas de tabones, gruesos mazacotes
terrosos. En esas condiciones, ni el barbecho se aireaba adecuadamente, ni era posible
luego una siembra regular.
Por tanto, era necesario pulverizar esos tabones, molerlos, destriparlos. Si había tiempo, era una labor que se hacía, sobre todo, en la presementera. Una forma de moler los tabones era pasar por la parcela un rastrillo de púas, arrastrado por la yunta. Pero si la tabonera era demasiado dura, no había más remedio que hacer la faena a mano, golpeando los terrenos con una maza de mango largo, con una pala metálica o con el azadón.
Esta labor, quizá la más tosca y menos técnica de las faenas agrícolas, dio origen al apelativo "destripaterrones", para calificar a una persona de pocas luces y nula preparación profesional.
http://www.galeon.com/alf_esteban - © Alfonso Esteban Antolín